Es lógico pensar que antes de que existiera la vida animal en la Tierra lo hizo la vegetal, modificando la atmósfera y disminuyendo el exceso de anhídrido carbónico, a la vez que aumentando el oxígeno y el ozono.
Primero hacen su aparición los vegetales más débiles, fáciles de descomponer y sin formas aún determinadas. La planta primaria carece de raíces, tallos y hojas. Los frutos empiezan a mostrarse en formas granulosas. Más tarde aparecen las fibras, que representan las raíces; apéndices foliáceos que semejan hojas; una parte más consistente que ocupa el lugar del tallo, y excrecencias que equivalen a flores y frutos.
Intentar establecer el lapso de tiempo en que estos fenómenos tuvieron lugar es prácticamente imposible, al igual que sus mutaciones. Se barajan cifras de tres mil millones de años. Partiendo de estas primeras manifestaciones de vida, que fueron las bacterias y algas, el mundo evolucionó hacia formas nuevas, con núcleos diferenciados, empezando a distinguirse el mundo animal del vegetal.
Las distintas plantas nacen, se reproducen y adaptan a los distintos continentes y climas, acatando un orden de adaptación al medio en que les es dado vivir.
Las palmeras, bananas, árbol del pan, cocoteros y otras especies de frutos carnosos alcanzan su plenitud en las regiones meridionales, mientras que el pino, el cedro, el abeto, etc.., crecen en las zonas frías y montañosas del Norte.
Es un maravilloso orden, que parece tener un fin primordial: facilitar la vida al reino animal. Donde es necesario preservarse de las fuerzas ardientes del sol, altos y frondosos árboles suministran sombra fresca y refrescantes frutos. Allí donde el hombre necesita calor para combatir las frías temperaturas, los árboles resinosos les proporcionan leña.
Los árboles frutales, las verduras (comestibles y los cereales se prodigan por toda la Tierra, cubriendo las necesidades alimenticias y sanando a hombres y animales.
Desconocemos con exactitud los remedios empleados por el hombre primitivo para aliviarse de la enfermedad, pero es fácil adivinar la ayuda que le brindó el mundo vegetal. Esa necesidad de los vegetales para subsistir le debió empujar a saber diferenciar las distintas plantas de su entorno, bien por las reacciones que le provocaban al ingerirlas, o bien por la observación del uso que de ellas hacían los animales. Por ejemplo, una gamuza, al ser mordida por una serpiente, venenosa corre a ingerir lechetraznas, planta que no come de ordinario y que utiliza como purgante drástico para expulsar el veneno.
El lobo, en la misma situación, cava con las uñas de sus patas para desenterrar la raíz de la dragontea, que le aliviará de igual modo.
No deja de ser curioso cómo una rata almizclera, al ser herida por un objeto punzante, sube rauda a un pino y recubre sus heridas con resina, que luego expone alternativamente al sol y a la sombra para activar su cicatrización.
¿Quién de nosotros no ha visto comer hierbas a ciertos animales cuando enferman y que en circunstancias normales aborrecen, como sucede a los gatos y a los perros?
La preparación de aceites, jarabes y ungüentos a base de plantas medicinales, constituyó durante toda la Edad Media la piedra angular de la farmacopea universal.
Mas no sólo las plantas tienen unas reconocidas propiedades sanadoras. Desde hace milenios, y en la práctica totalidad de las antiguas civilizaciones, a determinadas plantas se les atribuyeron poderes sobrenaturales y misteriosos, especialmente a las hierbas narcóticas y venenosas.
En la actualidad podemos comprobar cómo estas creencias tenían un cierto fundamento, ya que no pocas veces damos el nombre de superstición a lo que en realidad desconocemos. No hace tantos años, el Instituto de Medicina Aeronáutica, dependiente de la NASA, dirigió a los Servicios Secretos norteamericanos un informe sobre la conveniencia de investigar las reales propiedades de una planta conocida por YAGE que es un bejuco de la familia de las malpiáceas, exactamente el banisteriopsis caapi con el fin de comprobar si en realidad tenía la propiedad de facilitar la visión a distancia, según aseguraban algunos científicos en un informe en el que se decía:
«El sujeto drogado con la cocción del YAGE, entra en trance y adquiere facultades paranormales, que le dan el poder de superar todo obstáculo y proyectarse mentalmente a cualquier región del globo.»
De efectos un tanto similares es el PEYOTL, Echinocactus williansi, un pequeño cactus que crece en desiertos y montañas del sur de los Estados Unidos y México, conocido por los indios como carne divina.
En el Renacimiento, alquimistas, astrólogos y físicos conocían y consumían plantas alucígenas. En la obra de Giambattista Della Porta, escrita en el 1578; se relata la forma de preparar y administrar drogas modificadoras del psiquismo. Empieza a tomar forma la idea de que esa pléyade de genios que revolucionó el mundo: Lutero, Paracelso, Cardano, Copérnico, Della Porta, etc.., conocían plantas capaces de estimular la mente. Según testimonios del propio Della Porta, formaba parte de una sociedad secreta cuyos miembros aumentaban su potencia mental y los poderes de premonición tomando una especie de hongo que en la actualidad no logramos identificar.
También por esa época tuvieron gran divulgación las expediciones científicas a selvas prácticamente inexploradas de América y Africa Central para investigar su flora y el empleo plantas hacían los indígenas de ciertas plantas con propiedades curativas que; al decir de los testimonios de exploradores, misioneros, ese., eran capaces de provocar auténticos milagros.
Fuente: www.femalt.com



